domingo, 8 de julio de 2012

Lo que el Dulce se llevó



“La vieja ciudad de los conquistadores, la del siglo XVI y principios del XVII, la que vio tantas hazañas, la que vivió tantas angustias, esa ciudad yace sepultada bajo las arenas del río, inmenso sudario blanco bajo el que duerme del peso de sus glorias y de sus culpas” 2.


 Silvia Graciela Piccoli




 
En sus cuatro siglos y medio de historia, Santiago del Estero fue arrasada con frecuencia por las aguas del Dulce. En la documentación colonial actas capitulares, crónicas,  relatos  de  viajeros,  cartas  de  funcionarios  y  religiosos-  se  pone  dmanifiesto el constante temor que inspiraba a la población la proximidad del río.

No obstante, a pesar de que en el siglo XVII se gestionó y se obtuvo la autorización real para trasladar la ciudad, sus habitantes se opusieron y Santiago permaneció a la vera del Mishqui Mayu, en el mismo sitio en que la emplazara Aguirre.

Recién en noviembre de 1677 el gobernador José de Garro la desplazó media legua hacia el oeste del  río,  y  desde entonces Santiago del  Estero ha crecido en el  mismo sitio,  sin abandonar sus orígenes de ciudad ribereña.


 Aguas mansas…


Las inundaciones más feroces recibieron el muy castizo nombre de avenidas” o el s popular de volcanes”: el río avanzaba sin piedad, impetuoso e imprevisible. En su furia arrasaba los sembrados, socavaba los cimientos de los edificios de adobe, borraba las acequias y dejaba un rastro de salitre que carcomía sin pausa ni prisa las paredes, las puertas, las bases de las columnas, sin respeto de los templos ni de las “casas reales”.

Desde su fundación, las inundaciones más graves de acuerdo con lo que registran las crónicas- fueron las siguientes:

1586 El río destruyó la acequia que mandara construir el gobernador Gonzalo de Abreu para  el  riego  de  las  fincas.  Cuatro  años  después,  el  gobernador  Rarez  de  Velazco



1 Publicado en El Liberal, sección dominical Página de Memorias, domingo 3 de enero de 1999, p. 24.
2 Orestes Di Lullo, citado por Luis Alén Lascano en Historia de Santiago del Estero, p. 105.

propuso el traslado de la ciudad porque las crecientes impedían sacar acequia y construir casas “en que se pueda vivir, es decir, que no tuvieran salitre.

1628 La gran inundación destruye buena parte de la ciudad. El río –según carta del gobernador Felipe de Albornoz al rey- destruyó las defensas nuevas y antiguas, se llevó treinta y cuatro casas y edificios (el cincuenta por ciento de las construcciones), inundó las
zanjas que se habían cavado para los cimientos del Colegio de los jesuitas y del convento                2
de Santo Domingo y finalmente avanzó sobre la plaza principal hasta la Catedral.

Se resolvió mudar la ciudad tres leguas al norte, pero como no fue posible sacar acequia el traslado no  se  produjo.  En  163se  obtuvo la  autorización real  para  la  mudanza, no obstante lo cual se reconstruyó lo destruido un poco más al oeste.

1663 Las crecientes que se suceden entre el 19 de marzo y el 3 de abril causan enormes perjuicios. Dice Groussac: “En este año el río Dulce arruinó la parte este de la antigua ciudad de Santiago, entrando el río a correr a pocas varas del convento de San Francisco. La ciudad se reedificó en dirección opuesta al convento (…)”.

Pero lo más grave de esta inundación fue que dio lugar a que se iniciaran las gestiones para obtener la autorización real para trasladar a Córdoba la Catedral. En 1671 el bachiller Bustamante de Albornoz le escribía al rey: “No hay Catedral en esta ciudad de Santiago, ni se piensa hacer, ni la han de hacer; mejor fuera Señor, pasarla a la ciudad de Córdoba”.

Fue así como Santiago del Estero, primera sede episcopal del país erigida en 1570, perdió esta dignidad por más de doscientos años. El viejo edificio constantemente reconstruido pasó a ser parroquia o iglesia matriz. En tiempos de Ibarra, derruido el templo casi por completo a raíz de un terremoto, los oficios se trasladaron a La Merced hasta la inauguración del edificio actual (el quinto) en 1877.



Obras de defensa

Según el arquitecto Roberto Delgado en Recorrido por una ciudad histórica, el trazado de Santiago del Estero se realizó sobre la base de una “supercuadrícula irregular originada por el serpenteo de las acequias”.

En efecto, establecida en una llanura a la vera de un río caudaloso, su fuete de vida era el agua: de su aprovechamiento dependía que prosperaran los sembrados y las haciendas y, en consecuencia, que la ciudad lograra sobrevivir.

Por esa razón, los jesuitas que se radicaron en Santiago guiaron el trazado de la Acequia Real en 1577 siguiendo el principio de que a todo suelo, además de regarlo, hay que drenarlo”.  Tomaban el agua del río, y mediante un sistema de terrazas la drenaban hacia el oeste. Más tarde, otras acequias completaron un verdadero complejo drico.

Pero además, el mismo río que daba vida amenazaba la continuidad de la ciudad. Constantemente, hasta bien avanzado el siglo XX, se registra la construcción de obras de defensa  a  lo  largo  de  la  costa.  Dichas  obras  estaban  constituidas  por  terraplenes,

construidos la mayor parte de las veces con el mismo material del lecho del río (es decir, piedras y arena), lo que les otorgaba escasa resistencia a sus embates periódicos.

En 1899 el ingeniero Carlos Cassaffousth dirigió la construcción de un terraplén de quinientos metros a lo largo del cauce principal. El obstáculo se formó no solamente con tierra  y  ramas,  sino  también  con  cuanto  material  se  encontró  a  mano:  inclusive  se
utilizaron  tramos  de  vía  Decauville,  restos  de  zorras  y  volquetes  
para  darle  mayor consistencia.

Al año siguiente, y dado que el río seguía golpeando la ciudad, el gobernador Dámaso Palacio se empeñó en la construcción de una nea de espigones para proteger al terraplén de Cassaffousth. El  resultado fue  el  denominado dique Palacio”, del  que el  ingeniero Carlos  Michaud escribió  en  1935:  El brazo muerto del río, que quedó detrás del dique Palacio, provocó con sus aguas estancadas la aparición del paludismo, que hizo ctima prácticamente a toda la población. Desmontando las dunas que corrían a lo largo de la ribera se rellenaron los terrenos bajos y se plantaron eucaliptos, dando así origen al hermoso parque Aguirre, orgullo hoy de la ciudad”.

De todos modos, a pesar de la repetición del fenómeno de los “volcanes” y de las advertencias que ya en 1896 hiciera el presidente del Departamento Topográfico y de Irrigación, Baltasar Olaechea y  Alcorta, las  obras de  defensa de  la  ciudad  tuvieron el carácter de provisorias.  Cuando el río desbaba se creaban comisiones de emergencia para socorrer a los barrios periféricos, principalmente en las zonas de Ulluas, Chumillo, del actual barrio Cáceres, Los Flores y Tarapaya, que indefectiblemente se anegaban. Luego, el gobierno solicitaba ayuda a la Nación, que votaba los fondos para reparar y reforzar las obras existentes.

Pero nada definitivo se hizo hasta 1929, cuando luego de los estudios realizados por una comisión especial se autorizó la iniciación de las obras de defensa, lo que dio lugar a la construcción de la actual Costanera. 

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