“La
vieja ciudad de los conquistadores, la del siglo XVI y principios del XVII, la que vio tantas hazañas, la que vivió tantas angustias, esa ciudad yace sepultada bajo las arenas del río, inmenso sudario blanco bajo el que duerme del peso de sus glorias y de sus
culpas” 2.
Silvia Graciela Piccoli
No obstante, a pesar de que en el siglo XVII se gestionó y se obtuvo la autorización real
para trasladar la ciudad, sus habitantes se opusieron y Santiago permaneció
a la
vera del Mishqui Mayu, en el mismo sitio en que la emplazara Aguirre.
Recién en noviembre de 1677 el gobernador José de Garro la desplazó media legua hacia el oeste del río,
y
desde entonces Santiago del Estero ha crecido en el mismo sitio,
sin
abandonar sus orígenes de ciudad ribereña.
Aguas mansas…
Las inundaciones
más feroces recibieron el muy castizo nombre de “avenidas”
o el
más popular de “volcanes”: el río avanzaba sin piedad, impetuoso e imprevisible. En su furia arrasaba los sembrados,
socavaba los cimientos de los edificios de adobe, borraba las acequias y dejaba un rastro de salitre que carcomía sin
pausa ni prisa las paredes,
las puertas, las bases de las columnas, sin respeto
de los templos ni de las “casas reales”.
Desde su fundación, las inundaciones más graves –de acuerdo con lo que registran las
crónicas- fueron las siguientes:
1 Publicado en El Liberal, sección dominical
Página de Memorias, domingo 3 de enero de 1999, p. 24.
2 Orestes Di Lullo, citado por Luis Alén
Lascano en Historia de Santiago del
Estero, p. 105.
propuso el traslado de la ciudad porque las crecientes impedían sacar acequia y construir
casas “en que se pueda vivir”,
es decir, que no tuvieran salitre.
1628 – La gran inundación
destruye buena parte de la ciudad. El río –según carta del gobernador
Felipe de Albornoz al rey- destruyó las defensas nuevas y antiguas, se llevó treinta y cuatro casas y edificios
(el cincuenta por ciento de las construcciones), inundó las
zanjas que se habían cavado para los cimientos del Colegio de los jesuitas y del convento 2
de Santo Domingo y finalmente avanzó sobre la plaza principal hasta la Catedral.
Se resolvió mudar
la ciudad tres leguas al norte, pero como no fue posible
sacar acequia el traslado no se
produjo.
En 1630 se obtuvo la
autorización real
para
la
mudanza, no
obstante lo cual se reconstruyó lo destruido un poco más al oeste.
1663 – Las crecientes que se suceden entre
el 19 de marzo
y el 3 de abril causan enormes perjuicios. Dice Groussac: “En este año el río Dulce arruinó la parte este de la antigua ciudad de Santiago, entrando el río a correr a pocas varas del convento de San Francisco. La ciudad se reedificó en dirección opuesta al convento (…)”.
Pero
lo más grave de esta inundación fue que dio lugar a que se iniciaran las gestiones para obtener la autorización real para trasladar a Córdoba la
Catedral. En
1671
el bachiller Bustamante de Albornoz le escribía al rey: “No hay Catedral en esta
ciudad de Santiago, ni
se piensa hacer, ni la han de hacer; mejor fuera Señor, pasarla a la ciudad de Córdoba”.
Fue
así como Santiago
del Estero, primera sede episcopal del país erigida en 1570, perdió esta dignidad por más de doscientos años. El viejo edificio constantemente reconstruido pasó a ser parroquia o iglesia matriz. En tiempos de Ibarra, derruido el templo casi por
completo a raíz de un terremoto, los oficios se trasladaron a La Merced hasta la inauguración del edificio actual (el quinto) en 1877.
Obras de defensa
Según el arquitecto Roberto Delgado en Recorrido por una ciudad histórica, el trazado de
Santiago del Estero se realizó sobre la base de una “supercuadrícula irregular originada por
el serpenteo de las acequias”.
En efecto, establecida en una llanura a la vera de un río caudaloso,
su fuete de vida era el
agua: de su aprovechamiento dependía que prosperaran los sembrados y las haciendas y, en consecuencia, que la ciudad lograra sobrevivir.
Por
esa razón, los jesuitas que se radicaron en Santiago guiaron el trazado
de la Acequia Real en 1577
siguiendo el principio de que “a todo suelo, además de regarlo, hay que
drenarlo”. Tomaban el agua del río, y mediante un sistema de terrazas la drenaban hacia el oeste. Más tarde, otras acequias completaron un verdadero complejo
hídrico.
Pero
además, el mismo río que daba vida amenazaba la continuidad de la ciudad.
Constantemente, hasta bien avanzado el siglo XX, se registra la construcción de obras de
defensa a lo
largo de
la
costa. Dichas obras estaban
constituidas
por terraplenes,
construidos la mayor parte de las veces con el mismo material del lecho del río (es decir, piedras y arena), lo que les otorgaba escasa resistencia a sus embates periódicos.
En 1899 el ingeniero Carlos Cassaffousth
dirigió la construcción
de un
terraplén de quinientos metros a lo largo del cauce principal. El obstáculo se formó no solamente con
tierra y ramas, sino
también con cuanto
material
se encontró
a
mano:
inclusive se
utilizaron tramos de vía
Decauville, restos de zorras y volquetes
para darle mayor consistencia.
Al año siguiente, y dado que el río seguía golpeando la ciudad, el gobernador Dámaso Palacio se empeñó en la construcción de una línea de espigones para proteger al terraplén
de
Cassaffousth. El
resultado fue el denominado “dique Palacio”, del
que el ingeniero Carlos
Michaud escribió
en 1935: “El brazo muerto del río, que quedó detrás del dique Palacio, provocó con sus aguas estancadas la aparición
del paludismo, que hizo víctima prácticamente a toda la población. Desmontando las dunas que corrían a lo largo de la
ribera se rellenaron los terrenos bajos
y se
plantaron eucaliptos, dando así origen al hermoso
parque Aguirre, orgullo hoy de la ciudad”.
De
todos modos, a pesar de la repetición
del
fenómeno de los “volcanes”
y de las
advertencias que ya en 1896 hiciera el presidente del Departamento
Topográfico y de
Irrigación, Baltasar Olaechea y
Alcorta, las
obras de
defensa de
la
ciudad tuvieron el
carácter de provisorias. Cuando el río desbaba se creaban comisiones de emergencia para
socorrer a los barrios periféricos, principalmente
en las zonas de Ulluas, Chumillo, del actual barrio Cáceres, Los Flores y Tarapaya, que indefectiblemente se anegaban. Luego, el gobierno
solicitaba ayuda a la Nación, que votaba los fondos para reparar y reforzar las obras existentes.
Pero
nada definitivo se hizo hasta 1929, cuando luego de los estudios realizados
por
una comisión especial se autorizó
la iniciación de las obras de defensa,
lo que dio lugar a la construcción de la actual Costanera.

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