Habían bajado de lo más alto de las “Indias hechas América”,
entrando por Humahuaca hasta el Aconquija. En las faldas de los cerros
tucumanos (cerca de la actual Monteros), se asentó la tercera expedición de los
españoles que venían del Cuzco, de la Ciudad de los Reyes y Potosí.
Un 29 de junio de 1550, llamaron ciudad del Barco a ese
reducido y primer establecimiento poblacional, con el fin de darle una capital
a la vasta región de la provincia del Tucumán. Pero al cabo de algunos meses,
el capitán fundador, don Juan Núñez de Prado, tuvo que disponer su traslado a
los valles calchaquíes (hoy localidad salteña de San Carlos), buscando evitar
incorrectos reclamos jurisdiccionales de Chile -que lo habían llevado a una
derrota armada frente a los hombres del capitán Villagrán-, y eludiendo el
asedio de belicosos juríes y diaguitas.
En 1551, en la nueva ubicación, a su ciudad del Barco le
agregó: del Nuevo Maestrazgo de Santiago (en homenaje al Presidente de la
Audiencia de Lima, Pedro La Gasca, nacido en la ciudad del Barco de Ávila, y en
honor al Apóstol Santiago el Mayor, Patrono de España). Y por similares
circunstancias que antes volvió a transportarla, pero esta vez -al decir de
Ricardo Rojas- “dejando atrás el país de la montaña, del reino calchaquí, para entrar
en el país de la selva”, el de la boscosa llanura santiagueña.
Crónicas imprecisas, pero quizás aproximadas, nos dicen que
fueron entre 150 y 200 los primeros llegados a estas tierras, entre soldados,
civiles, pocas familias, indios auxiliares y dos sacerdotes. Al comienzo de la
gesta, sólo habían sido 84 los hombres que salieron junto a Núñez de Prado.
Ciudad andante la del Barco tercera. Sus itinerantes
pobladores traían a cuestas bagajes y enseres para la vida diaria. Los soldados
cuidaban de las cargas más pesadas a lomo de mulas y caballos: armas,
bastimentos para levantar en primera instancia tiendas de campaña, bolsones con
maíz americano, trigo y cebada para hacer el pan, semillas para la siembra del
zapallo, porotos y otros productos de la tierra; gallinas en jaulones, vasijas
y zurrones de cuero para almacenar agua pura y aceite, a la vez que arreaban un
importante número de ganado (yeguas, potros, ovejas y cabras), con destino a
las chacras que formarían.
Ya tenían idea y pericia de cómo recomenzar una ciudad.
El lugar elegido para afincarla fue un sitio despejado entre
la tupida vegetación, sobre la margen derecha del río del Estero (así se
llamaba el río Dulce), estimado entre 1400 metros y 2 kilómetros al sur de la
actual capital santiagueña, o probablemente en el ángulo que conforma la
avenida Alsina con la calle Independencia. En coordenadas geográficas, como en
los dos asentamientos
anteriores, escapaba al territorio que la Audiencia de Lima
le concediera a Chile, aunque su gobernador, Pedro de Valdivia, pensaba lo
contrario debido a cálculos erróneos (o intencionados), manteniendo el plan de
incorporarla a sus dominios
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